La ciencia es un delicado y complejo equilibrio entre lo experimental y lo teórico, entre las
observaciones que realizamos y los sistemas lógico-simbólicos que construimos para relacionar todo
aquello que medimos en la naturaleza.
No hay ciencia sin observaciones, sin experimentos. Y sin embargo, son las teorías, y los teóricos los
que más atención y popularidad consiguen. Precisamente por esto son necesarios libros como el de
Robert Crease, El prisma y el péndulo, en el que se presentan y explican con claridad y situándolos
en su contexto científico e histórico, diez de los experimentos más importantes de la historia de la
física; diez experimentos, además, bellos. Van éstos desde el que empleó en el siglo III a. de C.
Eratóstenes para medir la circunferencia de la Tierra, hasta los de interferencia cuántica de
electrones que muestran con particular dramatismo la famosa dualidad onda-corpúsculo, pasando
por otros como los que Galileo supuestamente realizó en la torre inclinada de Pisa, la
descomposición de los rayos de luz en colores que Newton produjo con el sencillo recurso de un
prisma, la puesta en evidencia de la rotación de la Tierra mediante en péndulo de Foucault, o los
que diseñó Rutherford y que le sirvieron para demostrar que los átomos tenían una estructura
planetaria.